La complejidad lo convierte en relevante. El dolor lo convierte en real. Y yo lo convierto en actual. Un problema, un destino, y por ahora, poca fe en el camino. No queda siquiera la opción de rendirse. Por todas las miradas, sonrisas y tragedias. Todo llevaba al mismo camino. Y todo tenía que terminar.
La vida y sus consecuencias. Da igual cuanto construyas o te esfuerces. Siempre vas a poder acabar peor. Y todo lo dado, te es retirado sin aviso. Y no nos damos cuenta hasta que ya no nos queda nada. Morimos poco a poco. Perecemos cada día sin saberlo. Y la muerte antigua comienza a tornarse en nueva. Sin avisos. Sin pausas. Da igual donde estemos, de donde vengamos o lo que traigamos. La tragedia desbarata cualquier intención y nos obliga a sucumbir. Que injusticia divina nos queda.
Labrar y harar durante años para perder la cosecha en una tormenta. Sin dejar el momento para disfrutar y avanzar. Empujando todo lo que se creía cercano al futuro incierto del no saber. Del no querer incluso. La pérdida diaria de todo lo que se presuponía.
Y no quedará nada de nosotros cuando se cuente nuestra historia. El vacío de la memoria y las rasgaduras del ser y el pecado de haber amado. Nada más. Que camino… y que destino. No se trata ya de rezar o mirar hacia fuera siquiera. Solo quedará el mirar hacia dentro. Enfrentarse a la oscura verdad. El tratar de descifrar nuestro ser, intentando entender si algo tiene sentido. El resto, y todo lo demás, no duraran.
Otra vez. Otra mas.
Y no quedan ya esperanzas. O eso sentimos en estos momentos de debilidad. Algo quedará al menos. Ya sea la fuerza. O las ganas de encontrar.
O la nada. O el todo. Eso no se puede ahora determinar.
Pero ya da igual.
Por que lo que este por llegar.
Llegara.